Hace años conocí a un niño brillante. Aprendía por sí solo, desarmaba artefactos solo para entender cómo funcionaban y luego los volvía a armar mejor que antes. Su curiosidad era insaciable.
Pero en la escuela todo era distinto: no llevaba materiales, no entregaba tareas, y las notas a la madre eran constantes. Los docentes lo tachaban de desmotivado, “flojo”, desconectado. Hasta que un día, su madre decidió dejar de obligarlo a cumplir con lo escolar. “Me aburro”, le había dicho él. “Van demasiado lento, repiten todo lo que ya vimos el año pasado. No me gusta ir al colegio.”
Ese niño, que nunca destacó por sus calificaciones, terminó ayudando a reparar los equipos de sus profesores en secundaria, porque nadie en el colegio sabía más de computadores que él. No necesitaba destacarse en las pruebas. Más bien, necesitaba que su mente tuviera el combustible que lo hacía sentir vivo: el aprendizaje significativo.
Historias como esta no son excepciones.
Me he cruzado con muchas niñas, niños y adolescentes que sobreviven con lo justo en el sistema escolar, pero que fuera de él son una explosión de ideas, lógica, humor y sensibilidad. ¿El problema? Que los adultos no los están mirando bien.
Y cuando además hay una segunda neurodivergencia –como atención divergente, autismo, dislexia o discalculia– en combinación con altas capacidades, la historia se vuelve aún más compleja.
Esto es lo que hoy conocemos como doble excepcionalidad (2E).
Y, aunque cada perfil es único, lo que se repite es el dolor de sentirse exigidos por una capacidad que a veces brilla, pero no siempre puede sostenerse.
La mente va más rápido que el entorno. Pero el cuerpo, las emociones o la atención a veces no acompañan ese ritmo.
Brillante no es lo mismo que fácil
Las personas doblemente excepcionales pueden mostrar habilidades extraordinarias y, al mismo tiempo, enfrentar dificultades profundas. No son contradicciones. Son realidades coexistentes.
No existe un estándar de persona con altas capacidades que nos permita identificar fácilmente a quienes se encuentran en esta neurodivergencia. Sin embargo, por largo tiempo se ha asociado a la alta capacidad con resultados brillantes y calificaciones sobresalientes en los estudios. Es hora de romper ese molde.
Una joven puede conmover a una sala entera con un discurso espontáneo… y paralizarse frente a una prueba escrita por miedo a equivocarse.
Un niño puede leer fluidamente a los cinco años… y en primero básico pedir irse a casa porque “esto es para bebés”.
Y detrás de todo eso, puede haber hiperfoco, ansiedad, disfunción ejecutiva, necesidad de novedad constante o baja tolerancia a la frustración.
El problema es que el brillo tapa lo demás. Y lo que no encaja con la imagen del “niño superdotado” se interpreta como flojera, arrogancia o desobediencia.
📌 No es que no quiera.
Es que necesita apoyos específicos que no se están considerando… porque se asumió que podía sola/o.
El mito de la meritocracia
Meritocracia es un sistema que “premia” a las personas según sus talentos, esfuerzo y logros. Sin embargo, este sistema dista mucho de ser justo.
La narrativa meritocrática, además de simplista, es profundamente injusta.
Porque parte del supuesto de que las condiciones de partida son iguales para todos, y eso es rotundamente falso.
Una persona 2E puede pasar horas rumiando una respuesta que no logra escribir.
Puede tener un bloqueo mental por miedo a equivocarse.
Puede hacer su mayor esfuerzo… y aún así no lograr lo que se esperaba de ella.
A veces, la motivación y el deseo están, pero la disfunción ejecutiva causa estragos: con mi segunda tesis, pasé los 6 meses de plazo que tenía para prepararla sin avanzar más allá de la portada. No obstante, en los 5 días siguientes al término del plazo pude empezarla, desarrollarla y completarla, junto con preparar y entregar la defensa de esta, una vez que me saqué el modo avión y entré en el modo hiperfoco. Bromeo con esto, diciendo que, para mi cerebro, los plazos son “en esta fecha comienzo” y no “en esta fecha entrego”. Y así como yo, hay muchísimas personas más.
Entonces, cuando llega el juicio: “es que no se esforzó lo suficiente”, ¿cómo lo sabes? ¿Cómo mides el esfuerzo invisible? ¿Cómo tenemos que hacer saber a los demás que estamos en batalla con nuestro esfuerzo siempre?
Y esto no se queda solo en el área de estudios, también lo vemos en el área laboral. A muchos neurodivergentes, aunque son gestores de proyectos brillantes, se les califica de poco fiables, porque su productividad no es constante en el tiempo. ¿Qué espera la sociedad? Que todos tengan la misma energía y concentración, todos los días en horario laboral. Y que, además, empiecen y terminen una tarea antes de empezar otra, junto con entregar resultados predecibles.
Pero el hiperfoco y la motivación no cumplen horarios, y la creatividad no responde a marcar tarjetas de asistencia (o a cumplir con la tarea que dictó la maestra, solo porque así lo pide). Diría, incluso, que ni siquiera los neurotípicos tienen la facultad de cumplir con sus exigencias productivistas modernas.
En resumen, basar el reconocimiento en la meritocracia es la mejor forma para desmotivar totalmente a las mentes neurodivergentes.
El precio de sostener una máscara

Otro aspecto muy común entre neurodivergentes con altas capacidades es que aprenden muy temprano a camuflarse, a esconder lo que realmente son.
En algún momento, algunos se resignan a responder solo según lo esperado, a parecer funcionales, o a rendir en términos de otros y no los propios.
Y el entorno lo celebra: “¡Qué suerte tener a alguien así!”
Pero debajo de esa máscara hay ansiedad, agotamiento, miedo al error, autoexigencia brutal. Sin mencionar al perfeccionismo, al condenable síndrome del impostor y a toda la culpa que llena la mente por pensar diferente.
Y muchas veces, se termina en un burnout silencioso desde edades muy tempranas.
🔥 Porque esforzarse para mantener un rendimiento constante, sin margen para el descanso o el error, termina por apagar lo más valioso: el deseo genuino de aprender, de explorar, de ser.
El sistema educativo (y muchas veces también las familias) validan el esfuerzo solo cuando es visible:
✔ Tareas entregadas a tiempo
✔ Buenas notas
✔ Conducta esperada
Pero… ¿qué pasa con esto?
💥 El esfuerzo de levantarse ese día con ansiedad social y aún así ir a clases
💥 La energía que costó sostenerse sin desregulación en un entorno sensorialmente agresivo
💥 El coraje de decir “no entiendo” cuando todos esperan que sepas todo
💥 La fuerza emocional para reintentar después de un fracaso
Ese esfuerzo existe, aunque no lo puedas medir.
Y cuando no lo ves, no significa que no esté. Significa que no has aprendido a reconocerlo.
Querida familia, docente, terapeuta o acompañante:
🔸 No esperes rendimiento brillante constante para validar que alguien lo está intentando.
🔸 No uses su capacidad como excusa para exigirle más de lo que puede sostener.
🔸 Y por favor, no digas que “podría más si quisiera”.
🌙 Tal vez ya está haciendo más de lo que imaginas.
Solo que su esfuerzo no se parece al que te enseñaron a mirar.
Ver ese esfuerzo sin condiciones…
es el primer paso para acompañar de forma respetuosa, humana y verdaderamente transformadora.
Porque las personas doblemente excepcionales no necesitan que les pidamos más.
Necesitan que las veamos completas, que las cuidemos en su complejidad.
Y que dejemos de juzgar su esfuerzo por resultados medibles.

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